por Emilya Rendón
“Lo ‘post’ no significa que el colonialismo haya terminado, sino que las condiciones históricas han cambiado y deben ser pensadas de otro modo.”
— When Was the ‘Post-Colonial’?, 1996 Stuart Hall
“El tiempo poscolonial no es una transición de un momento a otro, sino un momento de reinscripción, de traducción y negociación.” Homi Bhabha
En los últimos años, el término Latin Club ha ganado fuerza como etiqueta dentro de circuitos musicales y mediáticos que buscan resaltar la presencia de ritmos latinoamericanos en las cultura . Sin embargo, esta visibilidad creciente ha venido acompañada de una creciente necesidad crítica: ¿qué se está entendiendo por “Latin Club”? ¿Desde dónde se están produciendo y circulando estas sonoridades? ¿A quién sirven estas categorías y qué silencian?
Esta pequeña publicación parte de una sospecha fundamental: que buena parte de lo que se denomina Latin Club en los centros de consumo cultural del Norte global —particularmente Europa y Estados Unidos— responde más a una lógica de apropiación y exotización que a una escucha comprometida con las historias, genealogías y tensiones que atraviesan a los géneros que componen este imaginario.
I. Sonido y poder: más allá del beat funcional
La pista no es un espacio neutro. Históricamente ha funcionado tanto como refugio para las disidencias como plataforma de reproducción de estéticas dominantes. En este sentido, el beat —esa unidad mínima que organiza el espacio y a las corporalidades en movimiento— no solo ordena el sonido, sino que también organiza el poder. Lo que suena y cómo suena está atravesado por sistemas de legitimación, industria, gusto y hegemonía cultural.
La estética del club —codificada en gran parte por el legado de la cultura rave europea y la electrónica del Norte global— ha canonizado un tipo de estructura sonora: lineal, progresiva, repetitiva, altamente tecnificada. Esta lógica del tiempo rectilíneo, que privilegia la continuidad, la acumulación de energía y la función del drop como clímax, ha devenido en estándar global, dejando poco espacio para otras formas de construcción rítmica, otras nociones de tiempo, otras formas de cuerpo.
II. Latin Club como dispositivo de exotización
El término Latin Club pretende abrir un espacio para las sonoridades latinoamericanas en la música de club, pero lo hace muchas veces desde una perspectiva externalizante. Estas músicas son incluidas en la medida en que se adapten, se ajusten, o sean remixadas por los cánones estéticos de los centros dominantes. Se aplaude al reggaetón cuando suena oscuro y minimalista; se legitima al dembow cuando se produce en Berlín; se celebra la cumbia cuando se le eliminan sus asperezas populares.
En este contexto, hablamos de tokenización sonora: una lógica que convierte a los géneros del Sur en muestras, texturas, “influencias” o “sabores” dentro de composiciones que no necesariamente dialogan con su complejidad histórica y social. Se extrae el ritmo, pero se ignora el territorio. Se adopta el beat, pero se silencia el contexto.
III. Post Latin Club: desarticular la linealidad
Frente a esta situación, el Post Latin Club no es un nuevo subgénero ni una nueva tendencia estética. Es una práctica de pensamiento y producción crítica que parte desde Latinoamérica —y en diálogo con sus diásporas— para problematizar las narrativas dominantes del ritmo y del tiempo en la música de club.
La propuesta de una “estética sonora no-lineal” implica un quiebre radical con las estructuras heredadas del canon. Se trata de explorar otras formas de tiempo: circulares, fragmentadas, dislocadas, impredecibles. Se trata también de reivindicar formas de producción que escapan a las nociones industriales de pulcritud, funcionalidad o eficiencia: ritmos quebrados, estructuras inestables, texturas saturadas, mezclas crudas.
El Post Latin Club no busca solo insertar sonidos latinos en el circuito global, sino replantear los términos mismos del juego. Desde el beat hasta la pista, desde la mezcla hasta la escucha, todo puede —y debe— ser cuestionado.
IV. Estética, política y descolonización del sonido
Este enfoque no es solo una apuesta estética, sino profundamente política. En un contexto donde el extractivismo cultural sigue operando —ahora bajo formas más sutiles y progresistas—, el gesto de desobedecer la forma, romper el beat, distorsionar el ritmo, puede leerse como una acción de resistencia.
El Post Latin Club se inscribe así en una tradición de pensamiento descolonial que entiende el arte como campo de disputa, donde el sonido no solo representa, sino que puede transformar las formas en que habitamos el mundo. Al romper con la linealidad del tiempo club, se rompe también con la linealidad de la historia impuesta, con la narrativa de que el futuro sonoro debe venir siempre desde el Norte.
Lo que emerge desde esta perspectiva es una música que no busca complacer, sino incomodar. Que no busca encajar, sino desbordar. Que no busca sonar “internacional”, sino radicalmente situada.
